(Continuación)
Siempre he dicho que el destino manda y así ocurrió un día, allá por 1970. Decolé desde la estancia “Acelain” con destino a la estancia “Cerro del Aguila” La tarde era calurosa, con baja presión y viento no fuerte pero turbulento; la máquina sin carga, además muy pocos minutos de vuelo.Ya cerca de “Cerro del Aguila”, observo remolinos esporádicos, con corrientes ascendentes que elevaban polvo de tierra. No le di mucha importancia y mi altura de vuelo sobre el terreno era de unos 250 metros. Con el establecimiento “Cerro del Aguila” a la vista, comienzo el descenso hacia la pista, cuya cabecera estaba en mi trayectoria de vuelo. Voy aproximando apoyado con mediana potencia de motor por la turbulencia y los sacudones, observo un nuevo tornadito que eleva tierra y a los pocos instantes, un sacudón con fuerte ruido. El avión gira en vuelo normal casi ciento ochenta grados y queda volando hacia atrás, habiendo dado mi cabeza un fuerte golpe contra el lateral de la cabina; desacelero rápido y me siento posado hacia atrás, entre el alto trigal; cortando magneto y combustible, salto de la cabina y caigo entre el trigo con una sensación rara en mi mente y el cuerpo. Gracias al fuerte casco de vuelo no me rompí la cabeza.
Llegaron dos gauchos al galope en sus caballos, se tranquilizaron al verme y dicen “Don García, que pasó, vimos el avión que se dio vuelta y volaba pa´tras”. Si ellos no entendían, yo todavía no salía del asombro al ver el estado de la máquina; era notable que estuviera rota de atrás hacia adelante, no mucho. El impacto no fue fuerte, el alto y tupido trigal lo amortiguó.
La suerte seguía estando conmigo.
(Continúa







