(Continuación)
Cuenta Leonardo García, que cuando regresaba con su avión un día a la Base Aérea de Tandil después de realizar tareas de fumigación, notó un gran movimiento de personal frente a la torre de control. Dice que apenas hangarado el aparato que tripulaba se aprestaba a abandonar la unidad en el viejo Jeep de su propiedad, fue interceptado por el Jefe de Base, Comodoro Arturo Armando Cordón Aguirre. Dice que el oficial le dijo: “García, Ud. es la salvación”. Le contesté: “Dinero no tengo, señor”. Se sonrió y me dijo: “Tenemos aquí al Rey de Bélgica y hay que llevarlo a la estancia Acelain. “Mi avión es monoplaza, Señor”, le dije. Tendría que llevarlo dentro de la tolva. ¡Ud. se imagina, yo con un rey dentro de la tolva aterrizando en Acelain!..”
“Bueno –añadió- Ud. conoce a la familia Larreta y toda Acelain, prepárese y llévelo en su Jeep”.
Así fue como ese día 14 de febrero de 1962, a última hora de la tarde, con mal tiempo y los caminos muy pantanosos, salí de la Base Aérea rumbo a Acelain en el jeep, con el Rey Leopoldo de Bélgica. Y el Encargado de Negocios de ese país. Otro jeep de Aeronáutica me escoltaba. El mío tenía capota de lona con algunos agujeros y de vez en cuanado entraba agua y mojaba a mis excelentísimos pasajeros que, aunque no lo crean, iban sonrientes. Pero cuando tomé el camino de tierra que va desde la ruta 226 hasta la Estancia Acelain, ahí comenzó lo lindo. El jeep iba como borracho en día de fiesta, de vereda a vereda; en este caso, de zanjón a zanjón. Por ahí quedaba mirando hacia atrás con el Rey y el Encargado, estampados contra los costados de la carrocería.
El camino estaba terrible; por suerte, tenía tracción en las cuatro ruedas. Así fuimos avanzando lentamente. El Rey disfrutaba de esta aventura y lo expresaba en su idioma ingles. Nunca hubiera imaginado esto, como yo tampoco; sobre todo cuando quedábamos mirando para atrás, debido a las patinadas. Preguntaba entonces si nos volvíamos. Yo le explicaba que no, él quería seguir, le gustaba mucho, admiraba con sorpresa la extensión de nuestros campos y demostraba mucha satisfacción, era un caballero en todo sentido.
Casi de noche llegamos a la Estancia, todo estaba alborotado, policías por todos lados, pero García con su jeep seguía adelante como el General Roca contra los indios. Así llegué a la entrada principal del imponente castillo. Sus puertas estaban abiertas, la familia Larreta y Zuberbüler esperando, las damas con espléndidos vestidos largos y los caballeros con sus trajes relucientes.
Detenido el jeep, me bajo, y cuando me ven se escucha de las damas que me conocían una exclamación de sorpresa: “García… ¿qué pasa?” Les respondo: “Aquí les traigo al Rey”. No lo podían creer. Se bajó el Rey y el Encargado de Negocios, mojados, embarrados y maltrechos por los coletazos y patinadas.
A la noche, ellos en el castillo, García en la casa del mayordomo. A la mañana siguiente estaba todo bien y llegó el edecán presidencial Comodoro Pérez Colman con la esposa del Rey, la princesa Liliana.
Casi al medio día, el Rey y sus anfitriones salieron a correr avestruces y ver toros de raza, y Garcia, después de tomar unos mates, y una efusiva despedida, decoló con su jeep rumbo a Tandil.
(Continúa)







